rayajo.compensamientos
Juanito Llego a su casa una tarde de invierno bendecida por ese sol que suele hacerse perpetuo en las zonas de costa del sur de Europa. En el salón, que apesta a soledad, arrinconados y llenos de polvo, gran cantidad de equipos de sonido muy avanzados hace 30 años, y en las paredes, fotografías y recortes de periódico antiguos de una hermosísima vedette. Paso un buen rato trabajando, mientras él se deshace en atenciones: ofrecerme algo para beber, o toda la ayuda que pudiese necesitar. Me dice que es músico, aunque debe estar medio retirado porque ya tiene cierta edad. Cuando llega el momento de marcharme, no puedo evitar quedarme mirando más fijamente una de las fotos que cuelgan de la pared. Debajo pone: "Micky Lesty"... " Era mi esposa" le escucho detrás de mí. "Muy guapa" contesto, y él me responde: "murió hace 4 años... Era una vedette del... " "Moulin Rouge", añado yo. "si, del Moulin Rouge." Sintiéndome autorizado por la conversación, me dedico a examinar el resto de fotos y recortes de periódico. En uno de ellos, una especie de cartel anuncio, se puede apreciar una foto de un duo, en la que los reconozco a él (más joven) y a ella, mucho más mayor que en las otras fotos. Debajo pone: "Simone y Juanito"; le digo: Ahora está usted solo... y me contesta: "Ahora, qué otra cosa me queda sino ver la tele". Mientras bajo en el ascensor tengo un nudo en la garganta, el mismo que me atenaza al recordar el episodio mientras escribo estas líneas. En la calle, a 50 metros escasos de su portal, un cartel pegado en la pared, hecho al estilo artesano, fotocopiado en blanco y negro, en el que aparece él sentado frente a uno de sus organos y mirando a cámara sonriente, ofrece sus servicios como músico para amenizar fiestas. El encabezamiento del cartel dice: "Juanito." Ahora tengo dos nudos en la garganta. Qué mala es la soledad. Qué injusto es que la vida te deje tirado. Vamos todos derechos a un futuro de vejez, incapacidad, abandono y soledad. Eso es lo que hay. No he encontrado en internet la más mínima referencia, ni a él, ni a ella. (21 de Febrero de 2007) |
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Carreteras Me dan un miedo espantoso las carreteras. La vida me ha condenado a hacer muchos kilómetros, supongo que porque siempre me gustó con locura conducir, pero el caso es que lo ha hecho cuando me he dado cuenta de que en el estado actual de las cosas, cada vez me gusta menos. Me temo que hemos criminalizado las carreteras. Nos han enseñado a ser competitivos al máximo, y por el motivo que sea, uno de los ámbitos de nuestra vida donde plasmamos esta competitividad con más ahinco es al volante. Por un lado, la tendencia cada vez más extendida a olvidar, ignorar y pisotear algo que se llama respeto, y sustituirlo por el más descarado egoismo. Por otro, la falsa idea de que nuestros coche y carreteras son cada vez más seguros, que lo son, pero no hasta el punto de aguantar el modo salvaje en el que conducimos. Cuando observo las maniobras que a diario se hacen en carretera, me extraña que no haya más accidentes y más muertos. ¿Te has parado a pensar qué ocurriría si cuando vas por la autovía a 140 por hora, de pronto te reventara una rueda? tenemos miles de kilómetros de autovías, por los que acostumbramos a transitar con frecuencia, hasta el punto de que cuando llegamos a una carretera de doble sentido seguimos circulando por ella como si fuéramos por una autovía.... terrorífico. Hace poco tuve que presenciar la escena que se puede ver en este enlace... allí, en vivo. Tras 10 minutos de retenciones y ver pasar todo tipo de vehículos con sirena, me tocó pasar por donde la guardia civil daba paso alternativo a la espera de que las grúas retiraran a los vehículos,y vi lo que muestra la foto, y deduje que de ese vehiculo no saldría nadie con vida. Pienso que estas cosas deberían de controlarse, para empezar mirando con lupa a quién se le da el carnet de conducir. Pero no es ese el fondo de la cuestión. Lo principal es que esta vida nos fuerza a ser egoistas, a ser competitivos, y a tener una prisa tremenda siempre. ¿Qué tal si empezáramos por eso? (21 de Febrero de 2007) |
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La ilusión Perdí la ilusión cuando descubrí que las medallas de oro del colegio no eran de oro, que mis padres trasnochaban todos los días 5 de enero, que había sido capaz de perder la cámara de fotos que me regaló mi difunto tío, al que adoraba, y que los policías, los bomberos, los payasos... también eran personas, y no simples estereotipos. Perdí la ilusión cuando me enteré de que mi madre, aparte de mi madre, era la mujer de mi padre, que detrás de la música no hay emociones, sino intereses económicos, y que las canciones en inglés también significan algo, y que las ovejitas a donde van es al matadero; que la vida tiene la fecha de caducidad ya puesta cuando nacemos y que el día de mi cumpleaños es simplemente un día más. Perdí la ilusión cuando supe que hay padres que no quieren a sus hijos... y que les pegan palizas... y que los matan. Perdí la ilusión cuando me enteré de que el lugar en el que nací ya no existe, y que detrás de la pared de mi habitación no está la nada, sino la casa del vecino. Perdí la ilusión cuando comprendí que es más rentable ser malo que ser bueno, y cuando decidí darles las gracias a ciertas personas, y resultó que ya habían muerto. Perdí la ilusión el día que hice llorar a mi hijo por primera vez, y lloraré amargamente el día que por vez primera le decepcione. Lo único que mantiene viva mi ilusión, sois vosotros tres, y os amo por encima de todas las cosas. (10 de marzo de 2007) |
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| Continuará... | ||